Bolívar: literatura y política

IV

Como crítico literario dejó dos de ellas, escritas en Cuzco en 1825, sobre el canto La victoria de Junín (1824) de José Joaquín Olmedo (Guayaquil, 1780-1845), que inauguran la crítica moderna.

Olmedo escribió pocos poemas de valor, -dos de ellos sobre la muerte de la princesa de Asturias y la prisión de los reyes españoles-, pero la figura de El Libertador y la poca calidad de los poemas dedicados al héroe, le han permitido figurar en antologías y programas escolares. Tuvo mayor entusiasmo por la política. Fue diputado en las cortes de Cádiz, triunviro, ministro plenipotenciario en Londres y París, primer vicepresidente del Ecuador, candidato a la presidencia, etc., y puso luego su estro al servicio de la gloria del general Juan José Flórez, primero de los presidentes del Ecuador independiente de Gran Colombia, proclamación que él mismo hizo el 13 de Mayo de 1830, siete meses antes de la muerte del Libertador.

A fin de complacer a El Libertador, a quien se había opuesto hasta entonces como triunviro de Guayaquil, que le recomendó dedicar algún poema a los últimos triunfos de los patriotas, exigiéndole que su nombre no apareciese, compuso Olmedo el Canto a Junín. La batalla, que duró cuarenta y cinco minutos y donde no se disparó un solo tiro, enfrentó las caballerías de Gran Colombia, Perú y Argentina, comandadas por El Libertador en persona, y la caballería española, comandada por el francés general Canterac, tuvo como héroe al bisabuelo materno de Borges, teniente coronel Manuel Isidoro Suárez, comandante del escuadrón Húsares del Perú.

A pocos días de recibir el texto inédito, con dos cartas más, El Libertador responde a Olmedo el 27 de Junio. «Las cartas son de un político y un poeta; pero el poema es de un Apolo». La sordina del Libertador, indicando al autor su apego a los modelos menos que al asunto, vicio propio de quien desea asombrar sin preocuparse de los aciertos, continúa de este tenor:

Todos los calores de la zona tórrida, todos los fuegos de Junín y Ayacucho, todos los rayos del padre de Manco Capac, no han producido jamás una inflamación más intensa en la mente de un mortal. Usted dispara donde no se ha disparado un tiro; usted abraza la tierra con las ascuas del eje y de las ruedas de un carro de Aquiles, que no rodó jamás en Junín; usted se hace dueño de todos los personajes: de mí forma un Júpiter; de Córdoba, un Aquiles; de Necochea, un Patroclo y un Ayax; de Miller, un Diomedes; y de Lara, un Ulises. Todos tenemos nuestra sombra divina y heroica, que nos cubre con sus alas de protección como ángeles guardianes. Usted nos hace a su modo poético y fantástico, y, para continuar en el país de la poesía la ficción de la fábula, usted nos eleva con su deidad mentirosa, como el águila de Júpiter levantó a los cielos a la tortuga para dejarla caer sobre una roca que le rompiese sus miembros rastreros; usted, pues, nos ha sublimado tanto que nos ha precipitado al abismo de la nada, cubriendo con una inmensidad de luces el pálido resplandor de nuestras opacas virtudes.

Así, amigo mío, usted nos ha pulverizado con los rayos de su Júpiter, con la espada de su Marte, con el cetro de su Agamenón, con la lanza de su Aquiles y con la sabiduría de su Ulises.

Si yo no fuese tan bueno, y usted no fuese tan poeta, me avanzaría a creer que usted había querido hacer una parodia de la Ilíada con los héroes de nuestra pobre farsa. Más no; no lo creo. Usted es poeta, y sabe bien, tanto como Bonaparte, que de lo heroico a lo ridículo no hay más que un paso, y que Manolo y el Cid son hermanos, aunque hijos de distintos padres.

Un americano leerá el poema de usted como un canto de Homero, y un español lo leerá como un canto del Facistol de Boileau.

Según Olmedo (Carta a Bolívar de Mayo 15 de 1825), su propósito era hacer que la musa del canto recorriera los campos de batalla y acompañando a los combatientes triunfantes, describiera la derrota del enemigo. Durante la celebración de la victoria una voz anuncia la aparición del Inca Huaina-Capac, emperador, sacerdote y profeta, que luego de lamentar la muerte de sus hijos y el horror de la conquista, celebra la gloria de Junín y anuncia la próxima victoria de Ayacucho, mencionando, de paso, al Libertador, que luego de la derrota definitiva de los realistas, evitará restablecer otro imperio «que pueda llevar el pueblo a la tiranía», y unirá los pueblos libres «con un lazo federal, tan es­trecho que no hagan sino un solo pueblo, libre por sus instituciones, feliz por sus leyes y riqueza, respetado por su poder». Cuando el inca concluye su intervención, un coro de vestales entona alabanzas al sol, ruega por la salud del imperio y la gloria del Libertador. Un segundo canto debía ampliar, luego de las reseñas que hizo El Libertador, el poema: una suerte de contraste a las escenas de guerra y violencia, con evocaciones de los tiempos de paz, visiones eufóricas del campo y sus gentes, labores, juegos, danzas y cantares, agregando un nuevo vaticinio. Pero ya había perdido el impulso político que le llevó a la redacción de las versiones originales, y su relación con El Libertador se había enfriado.

Las versiones del poema que conocemos están fechadas en 1825 y 1826. La primera tiene 824 versos, la segunda, 909. Los modelos que usó fueron Horacio, Virgilio, Píndaro, Homero, Lucrecio y Herrera. Como Quintana, Olmedo imitó en los poetas clásicos lo que las traducciones o las lecturas en lenguas muertas ofrecen: un arquetipo. De ellos toma las divagaciones, el plan, la división en estrofas, antistrofas y epodos. Fórmulas de difícil conciliación con las ideas modernas que de alguna manera re­posaban en la mente del ecuatoriano, que pudo ser todo, menos helenista, estado inalcanzable. Para El Libertador, como para cualquier lector avisado, tantas liras sonorosas, hondos valles, negros avernos, inflamadas esferas, truenos horrendos, águilas caudales, corceles impetuosos, alazanes fogosos y mares undosos ahogaban la historia y las incoherentes propuestas ideológicas del canto. A ello hace referencia en su segunda carta a Olmedo, del 12 de Julio, respondiendo a sus justificaciones.

El Libertador recurre en esta carta a los conocimientos literarios de Simón Rodríguez, que le acompañaba entonces, seguro inspirador de la respuesta a Olmedo y de algunos de los decretos que expidió en Cuzco sobre la enseñanza, los derechos y la repartición de tierras entre los indígenas, el socorro y educación de los huérfanos, el censo agrícola, la exploración geográfica y mineralógica de Bolivia o la preservación de las aguas y conservación de bosques.

He oído que un tal Horacio escribió a los Pisones una carta muy severa, en que castigaba con dureza las composiciones métricas; y su imitador, M. Boileau, me ha enseñado unos cuantos preceptos para que un hombre sin medida pueda dividir y tronchar a cualquiera que hable muy mesurada­mente en tono melodioso y rítmico. [...]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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